21 Ago, 2026
COMPARTIENDO
AUTOR:
Leire Lakarra
Este artículo que nos comparte Leire Lakarra fue escrito en enero de 2026, antes de los ataques de marzo del mismo año a la franja de Gaza
Me gusta la palabra holístico y la uso siempre que puedo. Es un concepto que se contrapone a la dominación, a la verticalidad. Subraya la importancia de todos los elementos dentro de un mismo sistema, la necesidad de entender el todo de una forma relacional. Celebra lo particular sin caer en el individualismo. Refuerza la idea de comunidad y de la interdependencia y abraza la complejidad de las situaciones.
Caminante no hay camino, se hace camino al andar[1], y ¿cómo vamos a hacer camino si ya no hay tierra que pisar?
Cisjordania es el territorio más pobre para la agricultura en la Palestina Histórica, el más árido y el que menos humus tiene; está lleno de piedras y trabajar la tierra allí representa siempre un gran esfuerzo humano. Por eso, el campesinado allí se identifica con la palabra Falah, que evoca el trabajo duro de la tierra, su cultivo con ahínco, su transformación. Nos enseña cómo desde el cuidado y la dedicación se puede mantener una conversación con la tierra. Si trabajas la tierra, si cuidas de ella, responde con frutos sabrosos; y si vives en relación con ella, puedes encontrar paz en medio del caos.
El pueblo palestino está desbordado de problemas, tanto externos como internos. El colonialismo, que arrancó, no lo olvidemos, como un proyecto europeo, se enreda en una red compleja que afecta el día a día de una manera muy profunda. Tanto a la materialidad de la vida y como a la psicología individual y colectiva de la población. Empezando por su propio gobierno, la llamada Autoridad Palestina, que mantiene un status quo que se sustenta en la corrupción de la oligarquía política; siguiendo por todas las medidas que el Estado de Israel diseña meticulosamente y que vuelven difícil la cotidianidad. Por ejemplo, la separación de Cisjordania en tres zonas dependiendo de la presencia del ejército israelí – las llamadas zonas A, B y C. Para la población local, de hecho, no cambia mucho la situación de una zona a otra, puesto que todas están ocupadas bajo el ejército y los territorios se desdibujan cuando se funda una colonia nueva. Según los agricultores entrevistados, la expansión de los asentamientos hace que, en la práctica, áreas que antes podían utilizarse como si fueran zona B pasen a estar sometidas a restricciones similares a las de la zona C. La zona C está bajo control civil y militar de ocupación. La construcción palestina requiere permisos que rara vez son concedidos y las tierras pueden quedar sujetas a expropiaciones, restricciones de uso u órdenes de demolición, reduciendo progresivamente el espacio disponible para el desarrollo de las comunidades palestinas. Los muros de separación crecen vertiginosamente[2]. Asentamientos que empiezan siendo familiares se convierten pronto en colonias[3], desde las cuales los colonos a menudo atacan a los pobladores con la protección del ejército en la retaguardia. Otras dificultades incluyen la destrucción de las fuentes de agua, la prohibición de construir cisternas para su almacenamiento, robo directo de la misma, destrucción de casas e infraestructura, obstaculización de la gestión de basuras, robo y matanza de ganado, y destrucción de cosechas tanto activa como pasivamente.
El muro funciona para separar al campesinado de sus tierras, dificulta el movimiento en el territorio palestino, impide a la población ir al mar que se encuentra a escasos kilómetros y, en definitiva, hostigar a la población..
Israel ejerce un poder significativo sobre las condiciones de la producción agrícola en Cisjordania, debido a su control sobre aspectos clave como el acaparamiento de los recursos hídricos, de las tierras agrícolas (especialmente en el Área C), el control de los permisos para perforación de pozos e infraestructura, el control de los pasos fronterizos por donde entran insumos y salen productos, las restricciones de movimiento que pueden afectar la cosecha y la comercialización.
La tasa de desempleo es muy alta, y entre los pocos trabajos asalariados a los que tiene acceso la población local están irónicamente las tareas de construcción para la ocupación (crear nuevas colonias o carreteras que pasan por y destruyen sus propias plantaciones o poblaciones) Es decir, que muchas veces es el propio pueblo palestino el que, obligado por la rueda del sistema impuesto, ayuda a sostenerla. La dependencia forzada del mercado impuesto configura un escenario de ahogo material que busca quebrar la autosuficiencia del pueblo palestino.
La estrategia política de dominación más efectiva es controlar los alimentos y que los colonos destruyan sistemáticamente cosechas, ganado y tierras no es ninguna casualidad. Es estrategia. Es violencia estructural. Atacar la autonomía de un pueblo es atacar su capacidad de supervivencia.
Pero la gente sigue buscando formas, no solo de resistir, sino de subsistir y de generar esperanza. A finales de 2025 realicé una visita a Cisjordania, junto a otras personas de la organización Longo Maï. Esta es una red conformada por diferentes cooperativas en Europa; enfocada, entre otras cosas, en la agricultura a pequeña escala.
Durante mi estancia, de mes y medio, uno de los proyectos que más me impactó fue Om Sleiman Farm, una huerta basada en agricultura solidaria situada en las afueras de Bil’in, pueblo principalmente agricultor conocido por su oposición contra el muro de separación. Tras años de lucha con apoyo internacional, en 2011 consiguieron mover el muro unos cuantos metros. La huerta se plantó en 2016 en estas “tierras liberadas”[4]. El proyecto en impresionante en lo que tiene que ver con prácticas de agroecología, permacultura, bosques sintrópicos, fertilización natural, etc. En sus propias palabras, “manejar una granja de Agricultura Sostenida por la Comunidad (CSA) es una forma de mantener vivo nuestro vínculo con la tierra y de unir esfuerzos para construir nuestra propia forma de resistencia. Es un espacio desde el que imaginamos y hacemos realidad un futuro más justo, autónomo y regenerativo para Palestina.” Om Sleiman, que significa mariquita (el bello insecto que come docenas de pulgones al día) en dialecto local, mantiene un programa activo de voluntariado y proporciona alimentos sanos a 30 familias en la zona[5].
La presencia de Modi’in Illit, una de las colonias más grandes de toda Cisjordania, que se encuentra a unos escasos metros del terreno, presenta un reto constante. La separa un muro de hormigón con torres de vigilancia. Si te acercas a los olivos que están unos metros más abajo de la colina, y que pertenecen legalmente a la granja, pueden dispararte. Gente de Bil’in ha recibido disparos por acercarse a lo poco que les queda de sus propias tierras. Según los testimonios, al otro lado del pueblo acababa de fundarse una nueva colonia unifamiliar, que ya se ha llevado la vida de siete personas. Familias palestinas con propiedades en el trazo de la nueva colonia recibieron a principios de diciembre una carta que exige la demolición de sus casas, señalando que si no lo hacen en el plazo de un mes, será el ejército israelí quien se encargue, y cobrarán todos los gastos a las familias expulsadas.
La imagen me impactó. Estar respirando el oxígeno generado por plantas totalmente ecológicas, pasear entre el jardín de verduras diseñado con esmero y cariño, escuchar los pájaros y bichos que encuentran en ese espacio un refugio, y tener como fondo un gran conglomerado de grandes edificios, carreteras, coches y ruido. Allí lo vi claro. Colonia israelí vs. Pueblo palestino. Ciudad vs. Campo. Los asentamientos israelíes roban la tierra palestina, colonizan, poco a poco, las migajas que les dejó el Acuerdo de Oslo. Un robo que se da mediante violencia, leyes y manipulación y que es más brutal porque, aunque invisible para muchos altos cargos occidentales, cegados por el poder monetario, es palpable. Es demasiado obvio quién roba a quién y quién se beneficia de quién.
En el resto del mundo, el esquema se replica. Las ciudades son, en última instancia, las colonias de la tierra. La metrópoli coloniza el campo, contamina sus ríos y aire y expulsa a sus habitantes: primero se extermina a todo ser vivo, vegetal y animal, anterior a la ciudad; luego va expulsando a la propia ciudadanía metropolitana (desahucios, gentrificación, etc.). Nuestra civilización se precipita a paso muy acelerado hacia la desconexión total, hacia el desconocimiento de nuestra relación con la vida, hacia la nada. Es curioso cómo cada vez más películas de ciencia ficción nos muestran un mundo futuro desolado y cómo, a su vez, lo aceptamos como la posibilidad más factible. Lo hemos aceptado hasta tal punto que no creemos que haya marcha atrás: “el mundo funciona así”. Es una frase que repetimos cual mantra; olvidando que el mundo lo conforma cada una de nuestras individualidades y que siempre es posible accionar de manera más justa, más amigable, más respetuosa.
La agroecología nos enseña que es posible producir alimentos suficientes sin grandes extensiones de terreno. Que es posible cultivar de manera respetuosa para con la tierra y adquirir alimentos saludables para nuestro consumo. No son alimentos perfectos para los estándares de supermercados. Probablemente encontremos insectos o babosas en ellos, porque son alimentos compartidos. Esta forma de producción aboga además por el intercambio y apoyo mutuo. Mutualismo entre diferentes ramas del trabajo en el campo: el estiércol de una granja sirve como compost para el huerto y los sobrantes de la huerta como alimento para los animales. La agroecología se fundamenta en sistemas holísticos, donde unas plantas se ayudan a otras tanto a la hora de donar compuestos a la tierra como a la hora de repeler insectos invasivos para ellas. Se siembra pensando en las temporalidades y estaciones, creando una secuencia a la hora de cosechar. Esto se hace aún más evidente en las condiciones extremas que enfrenta la agroecología en territorios en conflicto, como Palestina.
En los diferentes proyectos en los que trabajé durante mi estancia, se cultiva entre los olivos y se hacen cosechas antes de la recolecta de la aceituna. No se trata de monocultivos, como los que impone el sistema convencional de mercado, como los que se ven en las grandes plantaciones de países como España, sino de bosques comestibles diversos.
Son proyectos muy interesantes, de diferente tamaño y alcance, y cada uno con su especificad.
Nabat Ecofarm[6] ha logrado crear un bosque de apariencia selvática que comenzó con un monocultivo de olivos y que hoy trabaja desde la permacultura. Brinda talleres para niños y niñas y sostiene encuentros comunitarios para la población palestina en lo que oficialmente es territorio israelí. El terreno está diseñado para que los árboles se ayuden unos a otros: algunos darán sombra en los meses más calurosos y serán podados luego para generar compost, almacenado en surcos estratégicos con el fin de ahorrar trabajo y que la lluvia se encargue de esparcirlo. La misma idea se aplica a las plantas y cultivos. Asimismo tienen como objetivo generar un suelo que se comporte como esponja y almacene agua. “En Nabat se mantienen vivas las prácticas agrícolas tradicionales palestinas, no como una expresión de nostalgia, sino como conocimientos prácticos que orientan el diseño y el funcionamiento ecológico de la finca.”
El jardín de la alegría es un pequeño proyecto basado en el apoyo mutuo: postean anuncios en Facebook para que la gente acuda a recolectar las verduras y legumbres y, a cambio, donen la cantidad monetaria voluntaria de aquello que se llevan a casa. Es una manera de proporcionar productos saludables a la gente de Ramallah y conseguir un acercamiento entre ciudad y campo.
As-Sa’ad Land for a Simple Life, es el proyecto donde más tiempo he estado, y nuestro contacto principal: pionero de la agroecología en todo el mundo árabe e impulsor de muchos otros proyectos e ideas para la Palestina agraria. El proyecto se extiende entre el pueblo de Mazara’ al-Nubani y su vecina, la ecoaldea de Farkha[7]. Entre los olivos milenarios que derraman por las terrazas de la ladera encontramos cultivos de todo tipo, sembrados en caballones que siguen las curvas de nivel para no perder ni una sola gota de agua de lluvia, y que acaban formando bellos surcos en el terreno, enriquecido por biochar casero. Los últimos días de nuestra estancia allí ayudamos a construir una valla con piedras, cemento y alambrada para poder mantener a los jabalíes a raya.
Es curioso observar que a pesar de que todos los montes de Cisjordania están aterrazados y llenos de olivos, no se ven parcelamientos: el monte se mantiene abierto a la población. Vallar es consecuencia de la ocupación; es caro y es triste, pero es también necesario para cultivar trigo y sustentar así la autonomía alimentaria. Por ello, apuestan por el cercamiento comunitario: en este caso, siete familias campesinas se habían unido para cercar sus tierras conjuntamente, abaratando los costes y evitando la parcelación del monte.
Nos contaron que los cercamientos no son parte de la tradición palestina y que quien pasee por los montes debería ser capaz de comer algunos de los frutos de los árboles en el caluroso verano. El paisaje de Palestina ha cambiado con los últimos años debido al abandono del trabajo de la tierra derivado de la ocupación, robo de agua y lógicas capitalistas. Ahora priman los olivos, pero antiguamente éstos se mezclaban entre moreras, viñas, higueras, almendros, melocotoneros y otros frutales. Los proyectos que visitamos, y otros tantos, trabajan con empeño en traer estos árboles de vuelta.
Conocimos también muchos otros proyectos, desde individuales o familiares hasta colectivos; me impresiono por ejemplo una cooperativa de jóvenes, situada en Saffa pero que reúne a personas con diferentes procesos en toda la Palestina Histórica. En huertas diseñadas desde la permacultura, producen una gran cantidad de alimentos que venden después en las localidades vecinas; también apuestan por la recuperación de semillas de trigos antiguos, plantando en tierras cercanas al muro donde las familias del pueblo les dejan trabajar manteniendo una tradición ancestral: quien no cultiva sus tierras las ofrece a quien las necesite. También conocimos a participantes de redes de apoyo entre la población palestina con pasaporte israelí: en Jerusalén hacen la cosecha de los olivares que quedan al otro lado del muro para después entregarla a sus propietarios, que no pueden pasar. O una cooperativa gestionada por mujeres, ubicada en Mazara’ al-Nubani.
Quedaron multitud de proyectos por conocer, todos ellos apostando por redes de trabajo comunitario y articulados en torno a la agroecología. No pudimos conocer el banco de semillas de Hebrón y las oficinas del sindicato del campesinado palestino (UAWC, miembro de la Vía Campesina) en Hebrón y Ramallah debido a un ataque del ejército israelí en la zona. Robaron semillas y ordenadores, destruyeron documentos y detuvieron a mucha gente. Al día siguiente todas las carreteras estuvieron cerradas y la movilidad era inviable. La peligrosidad del momento nos impidió viajar a Hebrón. No era la primera vez que algo así ocurría, un par de meses antes habían quemado gran parte de las reservas de semillas[8].
Los diferentes lugares donde cooperamos son parte, directa o indirectamente, de una red llamada PAF: Palestinian Agroecological Forum[9]. Algunos proyectos forman parte de la red, otros mantienen amistad, comunicación y comparten eventos con ésta. Impulsan diferentes iniciativas, por ejemplo las reuniones de mujeres Falah (campesinas) para hablar e intercambiar experiencias sobre los problemas a los que se enfrentan en el mundo agrícola. La red denuncia, también, las recetas hipócritas que les traen desde Occidente. Señala que las grandes ONG se quedan con mucho del dinero enviado y, del poco que queda, solo una pequeña parte se destina a la agricultura; financiando, además, proyectos como los monocultivos que no están hechos por ni para el campesinado palestino.
Al igual que en el resto del mundo, el sistema capitalista neoliberal se impone en Palestina, valiéndose de las mismas herramientas. En los últimos años ha crecido la desconexión con la tierra y los saberes ancestrales derivados de ella. La situación se dificulta cada vez más, pero la respuesta es asimismo firme: agroecología. Nos contaron que mucha gente era reticente al principio, pero que poco a poco el movimiento ha ganado espacio y hoy Palestina es el territorio árabe pionero en estas prácticas. Y los proyectos se multiplican[10].
Tuvimos el honor de asistir a una hermosa jornada de repartición de semillas[11] que la red PAF organizó en Mazara’ al-Nubani. La primera jornada de una campaña que esperan mantener viva y, asimismo, extenderla a otras localidades de Palestina. Con ayuda de una donación de unos 2000 euros recaudada entre asociaciones de agricultura de Italia, Francia y España, se repartieron casi una tonelada de diferentes semillas locales entre 57 personas y proyectos. Esperan recaudar más dinero para la temporada de primavera y poder llegar a más gente. La idea es crear una biblioteca de semillas en cada pueblo, sostenida por el propio campesinado. Se maneja un modelo de crédito en semilla, donde las familias campesinas reciben semilla del banco con la condición de que devuelvan un 5 % de la cosecha para mantener la colección. Así, esperan generar las semillas suficientes para poder sustentar la autonomía alimentaria.
Tener el control de las semillas. Saber de dónde vienen. Descentralizarlas. Y prepararse para el bloqueo.
En este mismo pueblo colaboramos también en otra cooperativa agroecológica que se dedica a la crianza de animales, con ovejas, gallinas y abejas, y donde acababan de comprar una burra por si les quitan el suministro de diésel.
Ante todo, el pueblo palestino planta cara. Ante las calamidades que sufre, sigue sonriendo. Sigue ideando nuevas estrategias. Y, sobre todo, apuesta por la agroecología: los proyectos agroecológicos crecen en número y las redes de solidaridad mutua se refuerzan. Ante los destrozos de los jabalíes, intentan apostar por cercamientos comunitarios. Ante los monocultivos, crean pequeñas huertas sostenibles; ante la falta de agua, construyen cisternas y diseñan suelos que se comportarán como esponjas para captar la lluvia. La fuerza con la que resisten, la intención con la que se relacionan con la tierra, es asombrosa. Y es por ello por lo que son un ejemplo. Por lo positivo de su carácter como pueblo, frente a la terrible adversidad que afrontan.
En otras zonas del mundo también necesitamos resistir, aunque la comodidad nos ciegue y creamos que éste es un sistema de bienestar. El día que nos falten los alimentos, espero que no hayamos cubierto toda superficie con cemento y asfalto o que no hayamos contaminado tanto la tierra que ya no sea posible volver a ella.
Volviendo a la base, a la tierra, es como podemos construir un fundamento firme donde pisar. Porque la autonomía, es decir, la autogestión y la autosuficiencia, son claves para la supervivencia. Mientras dependamos de agentes externos, somos manipulables, controlables y doblegables. O dicho de otra manera, abandonamos nuestra libertad a su suerte. Pero cuando nos falle la tecnología o los sistemas económicos globalizados, aún nos quedarán nuestras manos. Simplemente no debemos olvidar cómo usarlas.
Referencias:
[1] Antonio Machado, «Proverbios y cantares» (XXIX) en Campos de Castilla (1912)
[2] En diciembre el Estado de Israel aprobó un nuevo proyecto de construcción de muro que separará las tierras de Nablus de su población, quitándoles así las pocas tierras que les quedan para la ganadería en todo el territorio de Cisjordania. https://www.middleeasteye.net/news/israel-build-wall-deep-inside-west-bank-accelerates-annexation
[3] Días antes de mi vuelta se legalizaron 19 colonias nuevas: https://elpais.com/internacional/2025-12-21/el-gobierno-de-netanyahu-legaliza-otros-19-asentamientos-israelies-en-cisjordania.html
[4] Lo entrecomillo porque no tengo claro que hablar de liberación de facto en un territorio ocupado sea del todo correcto.
[5] Más información en https://www.omsleimanfarm.com/ y https://www.instagram.com/omsleimanfarm
[6] https://buildpalestine.com/awsm_team_member/nabat-eco-farm/ y https://www.instagram.com/nabatecofarm/
[7] https://www.resilience.org/stories/2016-05-03/an-eco-village-in-palestine/
[8] Más información:
– https://viacampesina.org/es/alerta-la-via-campesina-condena-energicamente-los-ataques-contra-su-organizacion-miembro-en-palestina-y-denuncia-las-detenciones-arbritarias/
– https://viacampesina.org/es/los-ataques-de-israel-a-los-bancos-de-semillas-destruyen-milenios-de-patrimonio-cultural-palestino/
[9] Facebook: https://www.facebook.com/share/16BUoHjz8e/
[10] Muy recomendable este mini-documental sobre la soberanía alimentaria en Palestina donde aparecen varios de los proyectos: https://www.youtube.com/watch?v=2iPW199x1rA “The untold revolution: food sovereignity in Palestine” (árabe con subtítulos al castellano).
[11] El vídeo de la jornada: https://www.facebook.com/share/v/1C17oSNqqv/ (árabe con subtítulos al inglés). Después de mi marcha se celebró una segunda jornada donde repartieron semillas locales de trigo, casi doblando así, la primera cifra de personas beneficiadas.
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